domingo, 30 de abril de 2017

¿Dónde duele?


 

Las heridas en nuestras vidas están relacionadas con percibirnos  separados…con esa sensación de que en cualquier momento podemos perder a otro o perdernos en la soledad y el dolor…con la comprobación de que en realidad, no podemos estar al control de todo, es más, no estamos en control de casi nada importante.

Y de una manera u otra buscamos denodadamente  adormecernos, apartarnos de esas sensaciones que duelen, que nos vulneran y se asocian con programas inculcados en nuestra niñez acerca de que siempre…ALGO ANDA MAL en nosotros si nos sentimos menos que felices.

La curación comienza reconociendo ya sea el dolor o el sufrimiento y preguntarnos…¿Dónde duele? Intentar comprender, ofrecer nuestra presencia interesada, incondicional y completa a esa herida para re-crearla espiritualmente.

¿Re-crear una herida?....Bueno…eso significa verla desde otra perspectiva ya que “está”, “existe” por más que queramos evadirnos y esconderla debajo de la alfombra.

Yo recuerdo a mi madre cuando yo era niña y avanzaba llorando como loca a sus brazos, preguntándome…¿Dónde te lastimaste? ¿Dónde te duele?...para luego revisar esa zona y decidir el remedio adecuado.

Cualquier padre viendo a su hijo molesto, enojado, retraído, querría saber lo que está pasando, y de esa actitud podemos aprender a profundizar en nuestras heridas más o menos profundas y preguntarnos amorosamente: ¿Qué está pasando dentro? ¿Dónde duele?

Es todo un reto, y tendremos que apelar a nuestro guerrero interno para ponernos en contacto con sentimientos de soledad, vergüenza o el no ser o no haber sido amados por otros.

La verdad es que  cuando no sabemos cómo “estar presentes” con esas emociones dolorosas, nos apresuramos a huir de distintas maneras. El juicio es una de las principales maneras de “escabullirnos” cuando las cosas se ponen difíciles. Nos culpamos, nos enojamos, juzgamos a los demás. O nos adormecemos con distracciones, con exceso de actividades, etc…la lista es larga.

Hay una historia de un viejo sabio  que vivía en lo más lejano de un desierto. La gente que lo buscaba por su sabiduría  tenía  que viajar a través de selvas peligrosas y bosques durante días y días para encontrarlo. Una vez que llegaban, él solo rompía el silencio con una pregunta….

 ¿Qué no quieres sentir?

Esa es una pregunta posterior a ¿Qué duele?

Puede tomarnos un tiempo no solo formularlas sino  meternos en el silencio, decidir bucear por las respuestas y animarnos a “estar presentes” ante lo que surja.

Aprender a estar presentes con lo que sentimos. Ese es el desafío. No huir más. No distraernos hasta que duela de nuevo. Permanecer.

Podemos comprometernos a permanecer con nuestra propia experiencia interior, no importa lo que sea. Y a medida que nos ponemos en contacto con lo que realmente necesitan esos lugares dolorosos, nuestro cuidado amoroso  florecerá naturalmente en una presencia más coprometida y compasiva cada vez, hacia nosotros como principales actores de la sanación…y luego florecerá también en otros jardines, como semillas llevadas por un viento común en El Campo en el que todos somos Uno.

Llevar esta práctica a nuestras propias heridas es clave, y cuando la expandimos para incluir a otros, abrimos el potencial para una curación sin límites en el mundo que nos rodea.

Si realmente queremos tener un mundo donde podamos conectarnos y responder con Amor unos a otros, podemos ensanchar el campo y atender con la misma comprensión y cuidado a todos los humanos, a todas las especies, a todas las partes de este mundo viviente que sangra por tantas heridas.

Tal vez nos parezca una misión imposible, pero como “todos estamos relacionados”…

Solo comenzamos por una breve pregunta…

¿Dónde duele?

 

En Amor-

Tahíta

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